Los bananos ya se extinguieron una vez, que no pase de nuevo

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Jackie Turner es periodista y científica medioambiental que está haciendo un crowdfunding para su película “Bananagedón”, título provisional.

Es probable que des por hecho la existencia de los bananos. Una de cada cuatro piezas de fruta que se consumen es un banano, por lo que cada británico consume de media 10 kilos de bananos al año, en los Estados Unidos, son unos 12 kg, o hasta 100 bananos. Cuando pregunto a la gente, la mayoría piensa que los bananos crecen en los árboles. Pero en realidad no es así, ni en el sentido literal, ni en el  figurado. De hecho, están en peligro de extinción.
 
No sabía casi nada de los bananos cuando aterricé en Costa Rica en el 2011. Era una científica joven de la Universidad de Michigan con una beca para estudiar en el extranjero y soñaba con atrapar e identificar peces tropicales en ríos de aguas cristalinas en la selva tropical. Sin embargo, el instituto del que formaba parte nos trajo a una plantación de bananos y en el momento en que pisé aquel denso barro oscuro bajo las infinitas copas verdes, mi sueño pesquero se evaporó. Estaba fascinada por toda la fruta que encontré creciendo en grandes e imponentes arbustos, todos alineados en filas que se contaban por miles.
 
Los bananos son una de las frutas cultivadas más antiguas, pero solo se empezaron a cultivar en Estados Unidos alrededor del 1880 por empresarios que poseían plantaciones en Jamaica. Esta nueva fruta de aspecto extraño tenía semillas, solía crecer en climas tropicales determinados y durante años era poco fiable debido a su corto período de maduración. Por lo tanto cuando había tormentas en el mar o los trenes se retrasaban, los primeros comerciantes de bananos solían encontrar a menudo cajas llenas de fruta podrida que no se podía vender. Sin embargo, los avances en los medios de transporte y la refrigeración redujeron el tiempo que se tardaba en traer los bananos al mercado, por lo que crecieron en popularidad y se convirtieron en un elemento esencial en el supermercado gracias a una inteligente campaña de publicidad: una fruta para toda la familia.
 
No obstante, los bananos que se comían a principios del siglo 20 no eran los que conocemos hoy en día. Hay cientos de variedades comestibles, pero para normalizar la producción, las compañías bananeras eligieron un único  tipo: el Gros Michel, un banano grande y sabroso. Esta variedad funcionó hasta los años 50, cuando un hongo conocido como Fusariosis o ‘enfermedad de Panamá’ se propagó  rápidamente por plantaciones enteras, lo que colapsó el mercado global del comercio bananero. La industria encontró un sustituto resistente a la enfermedad de Panamá, llamado Cavendish. Aunque estos bananos nuevos saciaban el apetito creciente de occidente, el Cavendish tenía el mismo defecto que hundió al Gros Michel: su monocultivo.
 
Cuando una población carece de diversidad genética, sus miembros tienen un riesgo elevado de sucumbir ante una enfermedad. Las mutaciones genéticas y las variaciones permiten que algunos individuos tengan la oportunidad de desarrollar inmunidad ante ciertas enfermedades. Esto es imposible con los bananos porque no hay diferencia genética entre ellos. Los bananos de las plantaciones son estériles y se reproducen por clonación. Los retoños de los bananos brotan de la base de plantas adultas y son idénticas miniaturas de los gigantes que crecen a su lado y en los que se convertirán algún día.
 
Contar con el monocultivo para asegurar el futuro de una fruta es extremadamente peligroso. Es solo cuestión de tiempo que cualquier bicho u hongo ataque y muchos expertos creen que este ataque está al caer. Ya hay plantaciones en Asia, África y otros lugares que han desaparecido a causa de un nuevo racimo de la enfermedad de Panamá conocido como Raza Tropical 4. La enfermedad es muy contagiosa y ya se han confirmado casos en Australia a principios de este año. Ecuador y Costa Rica, los mayores exportadores de bananos del mundo, están a un paso de la epidemia y al contrario que en los 50, no hay un sucesor que tenga el sabor, la facilidad de transporte y la capacidad de crecer en monocultivo. Sin una variedad que lo reemplace, el banano como lo conocemos hoy podría fallecer de forma comercial.
 
Pero lo más terrorífico es que este problema no afecta a los bananos exclusivamente. Igual que los bananos se enfrentan a una epidemia, la agricultura en general se ve  afectada. Nuestro objetivo en cultivar alimentos en porciones de terreno homogéneas, como si fueran gigantes centrales de cultivo en el exterior, es un proceso natural en el que la naturaleza ha sido excluida de la ecuación. Mientras que muchos confían en que el poder de la tecnología ayudará a poner alimentos a nuestras mesas, quizás es ya hora de que empecemos a cuestionar la idea de que esta es la única manera de alimentar al mundo.
 
Sería bonito pensar que las grandes corporaciones dueñas de las plantaciones de bananos están investigando nuevos sistemas de cultivo, como cultivos heterogéneos, métodos orgánicos o la agrosilvicultura, pero no es el caso. A las mismas economías de escala que promovieron los monocultivos, les viene como anillo al dedo la explotación laboral, el deterioro medioambiental y el uso excesivo de pesticidas. En las plantaciones de Costa Rica, a menudo preguntaba a los trabajadores sobre sus familias y varios hombres suspiraban profundamente y decían que no tenían hijos. No fue hasta después que descubrí que muchos químicos usados a lo largo de la historia en la industria bananera podrían provocar la esterilidad masculina (una relación irrefutable entre la enfermedad y el uso de químicos es estadísticamente difícil de probar). Nunca vi a ningún trabajador llevar la mochila rociadora de pesticidas con algo más que un pañuelo para cubrirse la boca.
 
Para los consumidores, una banana puede costar sólo unos pocos céntimos o peniques, pero el coste total de esa fruta amarilla perfecta se extrae de otras partes: de los trabajadores, del medioambiente y del futuro sostenible de la agricultura. Al contrario, deberíamos considerar a los productores bananeros en todo el mundo que optan por producir otras (deliciosas) variedades de banano, bananos desecados, puré de banano y vinagre de banano. Muchos de estos pequeños productores cultivan de forma sostenible, pagan salarios justos y protegen el medioambiente al no usar ningún pesticida o muy pocos. Su mayor barrera en el mercado es el no poder competir con gigantes como la suiza Chiquita o el estadounidense Dole. Si los consumidores adaptáramos nuestras expectativas y exigiéramos productos de bananos de distintas variedades, esto podría provocar una mejora en las prácticas agrícolas en toda la industria y crearía un futuro alimenticio seguro. Tal y como están las cosas, es hora de admitir que no pagamos lo suficiente por un banano.
 
Jackie Turner
 
Este artículo fue publicado originalmente en Aeon y ha sido publicado bajo Creative Commons.